Por: Jorge Iván Díez Vélez
Presidente Nacional
Confederación General del Trabajo
CGT Colombia
Democrática e Independiente
presidencia@cgtcolombia.com.co
Autonomía sindical: una línea que no estamos dispuestos a ceder
El Primero de Mayo no es una fecha ornamental ni una excusa
para la retórica política. Es, en esencia, la expresión histórica de la
dignidad del trabajo y de la lucha por la libertad sindical. Reducirlo a un
acto de gobierno o a una plataforma de validación ideológica no solo
distorsiona su significado, sino que vulnera la esencia misma del movimiento
obrero.
A quienes sostienen que el Primero de Mayo no es una
conmemoración de los trabajadores sino un acto eminentemente político, y que
por tanto la posición de la CGT es equivocada, les respondemos con claridad: el
Día Internacional del Trabajo no puede ser convertido en un instrumento de
política electoral ni en un acto de gobierno. Su carácter político es
innegable, pero en un sentido específico y legítimo: es el espacio donde se
visibilizan los problemas del mundo del trabajo y se presentan las propuestas
de los trabajadores para el país. Esa dimensión política dignifica la fecha; no
la degrada.
Lo que rechazamos de manera categórica es su degradación
hacia prácticas politiqueras. No puede ni debe convertirse en una plataforma al
servicio de quienes aspiran a cargos de elección popular, ni en un escenario
manipulado por gobiernos que lo asumen como trinchera para profundizar
divisiones, promover discursos de confrontación institucional o exacerbar los
odios de clase. El Primero de Mayo es una conmemoración de los trabajadores, no
una trinchera de guerra ideológica.
La Confederación General del Trabajo ha construido, durante
más de cinco décadas, una identidad basada en la independencia, la pluralidad y
la defensa genuina de los trabajadores. Esa trayectoria no es retórica: es el
resultado de decisiones difíciles, incluso incómodas, como la reciente
depuración interna que permitió separar a quienes entendían el sindicalismo
como un vehículo de interés personal y no como un compromiso colectivo. Lejos
de ser una crisis, fue un acto de coherencia institucional.
Hoy enfrentamos un riesgo mayor: la instrumentalización
política del sindicalismo. Cuando una organización de trabajadores pierde su
autonomía y se convierte en un apéndice del poder, deja de representar a sus
bases y comienza a responder a agendas ajenas. Un sindicato que aplaude de
manera automática renuncia a su capacidad crítica; y sin crítica, no hay
defensa real de derechos.
La CGT ha sido clara en su postura: diálogo sí,
subordinación no. Nuestra relación con el espectro político es técnica, no
ideológica. Nos reunimos con quienes estén dispuestos a escuchar propuestas
sobre empleo, productividad y derechos laborales, sin importar su origen
político. Esa es la verdadera pluralidad democrática: la capacidad de
interlocutar sin someterse.
En paralelo, hemos asumido una defensa jurídica activa
frente a decisiones que buscan modificar las reglas del juego laboral por vías
administrativas, desconociendo el debate democrático. La institucionalidad no
puede ser reemplazada por decretos, ni los derechos colectivos reinterpretados
según la conveniencia del gobierno de turno.
Pero sería un error quedarnos anclados en las lógicas del
pasado. El mundo del trabajo ha cambiado profundamente. La automatización, la
inteligencia artificial y las nuevas dinámicas productivas están redefiniendo
el empleo a una velocidad sin precedentes. En este contexto, el sindicalismo no
puede limitarse a la confrontación ideológica: debe evolucionar hacia una
visión de sostenibilidad productiva, donde la defensa del trabajador sea
compatible con la viabilidad de la empresa.
No hay empleo sin empresa. Y no hay desarrollo sostenible
sin relaciones laborales equilibradas. Defender la libre empresa no es una
concesión; es una condición necesaria para garantizar oportunidades de trabajo
digno.
A esto se suma un factor que no puede ignorarse: la
seguridad. En regiones donde la violencia persiste y las garantías son
insuficientes, la responsabilidad institucional obliga a priorizar la vida por
encima de cualquier simbolismo. La prudencia no es debilidad; es una forma de
resistencia inteligente frente a contextos adversos.
La CGT no se define por coyunturas ni por gobiernos. Se
define por principios. Nuestra lealtad no está en disputa: es con los
trabajadores, con sus familias y con el futuro del país. La autonomía sindical
no es negociable porque de ella depende nuestra capacidad de representar,
cuestionar y construir.
En tiempos de polarización, mantener la independencia no es
una posición cómoda. Es, precisamente, la más necesaria.
Dignidad, autonomía y libertad sindical.
Por: Jorge Iván Díez Vélez
Presidente Nacional
Confederación General del Trabajo
CGT Colombia
Democrática e Independiente
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